El estruendo de los helicópteros de élite estadounidenses y la polvareda levantada por la captura de Nicolás Maduro — en una operación que mezcló la omnipotencia tecnológica de Washington con la vieja práctica de la traición interna — parecen no haber sido suficientes para derribar el andamiaje del chavismo.
Pese a que el control político se siente intacto, en el ánimo de la gente persiste una forma de esperanza silenciosa, casi resignada.

